martes, 6 de noviembre de 2007

Para el olvido, para aprender

El tema del editorial hablará por sí solo. En lugar de dedicarnos a analizar el triunfo de la lista que encabezó la doctora Graciela Rosso, resulta más urgente y necesario dedicar una líneas a todo lo que rodeó a las elecciones del 28 de octubre, tan esperadas por muchos, tan escasamente planificadas por quienes tenían esa responsabilidad.
Luján se movió al ritmo que marcaron prácticamente todas las grandes ciudades: un caos desde antes de las 8 de la mañana del domingo y muy pasadas las 18 de ese día.
Las elecciones no empiezan y terminan con la oficialización de listas de candidatos, y la repartija de mesas de votación en algunos establecimientos educativos o públicos. Las elecciones son mucho más que eso desde lo político, porque determinan los destinos de todos los ciudadanos a través de las autoridades electas y, en otro plano de análisis, porque necesitan de una enorme organización que las autoridades no parecen capacitadas para brindarla.
Una enorme cantidad de presidentes de mesa y suplentes para ese cargo recibieron su carta de citación el jueves anterior a la elección, el viernes y hasta el sábado a última hora. Esto derivó en un mar de ausencias y en otro mar de ignorancia sobre lo que se tenía que hacer frente a la responsabilidad asumida.
Los fiscales partidarios, con su inocultable parcialidad, terminaron de transformarse en maestros de los “imparciales” presidentes o, directamente, se sentaron en las sillas vacías de las Presidencias porque ningún otro ciudadano se quería perder el domingo en familia.
También debemos dar cuenta de una falta de prudencia en quienes confeccionaron la distribución de los votantes y las mesas. Se incrementó la cantidad de ciudadanos por cada mesa (unos 390), pero no se agregaron colegios o edificios para la instalación de mesas.
Si a esa realidad se le suma la inexperiencia de fiscales y autoridades de mesa, el combo derivó en lo que todos vimos: mesas que se abren más de una hora tarde; largas colas que no merman durante toda la jornada.
También se debe reparar en irresponsabilidades partidarias. Las aventuras electorales de algunos candidatos se evidencian a la hora de conseguir fiscales que ayuden al control de la transparencia. En Luján, sólo un par de las doce opciones que presentaron postulantes para la Intendencia lograron juntar al menos a 188 colaboradores para fiscalizar las mesas.
Esa situación desembocó en faltante de boletas, más allá de avivadas momentáneas, como esconder o romper listas. En Luján, por ejemplo, no se podía localizar a nadie para calmar a los vecinos que quería votar a Francisco De Narváez pero sus boletas no llegaron con las urnas.
El nivel de indefensión ciudadana fue tal que muchos apelaban a los medios de prensa como último recurso. O se quedaban sin herramientas para plantarse y hacer valer su decisión ante impresentables fiscales o –directamente- autoridades de mesa que decían “y bueno, si no está la boleta que quiere, vote a otro”.
Ese cúmulo de improvisación y de trabajo en pésimas condiciones juega en desmedro de la transparencia, valor único para una elección. Genera, para no alejarnos de Luján, confusiones como las que se diseminaron esta semana en la ciudad.
Los ciudadanos, que en un marco de votación obligatoria, siguen demostrando el interés y la responsabilidad civil de elegir a sus autoridades, no merecen el maltrato que reinó el domingo.

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