miércoles, 14 de noviembre de 2007

Todavía juegan con los votos

Todavía juegan con los votos
La situación fue vergonzosa el mismo día de la elección y ese sentimiento se incrementa si pensamos que desde el 28 de octubre -cuando parecía que los resultados estaban claros para vencedores y vencidos- tanto desde el Partido Justicialista (de Graciela Rosso) como desde el Partido de la Victoria (de Miguel Prince) se siguen alimentando las especulaciones.
Públicamente, ambos sectores se expresan como Carmelitas Descalzas. Quieren hacer creer que los protege un halo de santidad, pero por lo bajo –como demasiadas cuestiones que definen los pasos en política- la actitud es totalmente diferente.
El jefe comunal derrotado en las elecciones indica a sus compañeros partidarios que no pierdan pisada a las urnas del domingo 28 de octubre. El PJ dice que está todo resuelto, pero sostiene la misma actitud. A 16 días de las elecciones, todavía se discute el resultado. A 16 días, si bien no se cuestionan ganadores y perdedores, sí se pone la lupa sobre las cifras exactas del escrutinio. El paso de los días sólo transparenta un profundo menosprecio hacia la voluntad popular.
Tampoco resulta esclarecedor el rol de los concejales, que en la sesión ordinaria de la semana pasada se apoltronaron en sus bancas para tejer hipótesis, cuando este medio sabe que la mayoría de ellos no movió un solo dedo para dilucidar o aportar claridad a lo sucedido en la jornada electoral y en las empantanadas jornadas posteriores.
Es sencillo decir que existieron maniobras. Lo complejo es aportar pruebas concretas. Para esto último, es necesario trabajar.
También es sencillo salir a asegurar que se actuó con transparencia, pero el día de la votación se imparten órdenes estrictas para que servidores rentados sigan de cerca cada movimiento de las urnas. ¿Por qué se dieron esas órdenes? ¿De quiénes sospechaban? ¿Qué hacían personas cercanas al gobierno en la puerta del Correo Argentino?
Lo cierto es que todos ven fantasmas en las elecciones, pero nadie sale a combatirlos. Hacen lo más fácil: levantar el dedo y acusar.
En ese marco, los ciudadanos quedan relegados al lugar de espectadores de un espectáculo muy triste, que no aporta, absolutamente en nada, a la transparencia y el valor que debe tener un acto comicial.
No se puede seguir jugando con la decisión de miles de vecinos que, enfrentando la enorme cantidad de trabas que se presentan el día de la votación, concurren a las urnas para decidir los nombres de sus autoridades.
Si por capricho, por necedad para admitir una derrota o por tristeza de abandonar las mieles de un poder que se tuvo durante una docena de años, un sector partidario no acepta la realidad de las urnas, ¿qué se puede esperar respecto de la transición? Porque autoridades salientes y entrantes con un mínimo de responsabilidad, no deberían estar jugando a los detectives con las urnas, sino que tendrían que estar sentados, frente a frente, estudiando en detalle qué deja uno y qué recibe el otro.
De ese traspaso de información depende mucho el bienestar de los lujanenses, una realidad que no parece encontrar terreno fértil donde reina la inmadurez, la sospecha y la desconfianza.

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