Nos parecía justo, necesario, interesante. Cuando terminó sus primeros cuatro años de gestión, allá por 1999, este medio realizó con el intendente Miguel Ángel Prince un balance periodístico de su administración. Se llevaron a cabo notas similares al final de año o mandato de su administración, como parte de un sano ejercicio de difusión de información.
Luego de una docena de años de estar al frente de la Municipalidad de Luján, le parecía a quienes hacemos este medio y a todos aquellos que se enteraron de la idea, que esa clase de notas, con espacio, con un diálogo que no fuese tomado por asalto al finalizar un acto, tenía que reiterarse. En este caso, para analizar los años pasados, para conocer una visión en frío de la derrota electoral, para indagar sobre los futuros responsables de las tareas ejecutivas, para intentar vislumbrar cómo será el princismo en un rol opositor y para saber qué hará en el futuro el dirigente que quedará, al menos por un tiempo, como el que más veces fue elegido democráticamente por los ciudadanos de Luján.
Afortunadamente, Prince entendió lo mismo. Y creyó adecuado acceder a la nota de la cual, en la edición de hoy, ofrecemos una primera parte.
Después de 12 años de gestión sin interrupciones, Prince se animó a admitir y detallar acciones pendientes. Sin decirlo, aceptó que los 12 años no le alcanzaron para desarrollar políticas de gobierno en algún caso muy sencillas, como mejorar la señalización de las calles, mejorar la limpieza o restaurar y poner en valor más plazas o espacios verdes.
También dejó entrever ese pecado tan común de la clase dirigente: mencionar obras en carpeta o en marcha como si ya estuvieran disponibles para el disfrute de los vecinos. Habla de la construcción de una nueva planta depuradora de líquidos cloacales, del reacomodamiento del basural municipal y de otras grandes deudas, como si el hecho de estar presentes en su agenda sea sinónimo de realización.
Desde el punto de vista netamente analítico, también es un aporte duradero su modo de entender, de ver y de poner en marcha una campaña electoral. Es una manera de mostrar “la cocina” de la política.
Sus respuestas ofrecen el detalle de los ejes elegidos para la campaña o, lo que él define casi como una “no campaña” y acepte que esos ejes, a la luz de los resultados, fueron equivocados. Habló de énfasis, de fortalecer la gestión como una manera de hacer campaña; de apuntar fuerte, con mucho dinero en el medio, a las acciones culturales; y en intensificar un modo de relación con la comunidad que -ahora lo acepta- no siempre es el más adecuado. Su política de reuniones “territoriales”, de encuentros con dirigentes barriales (no le gusta la utilización del término “puntero”) y de utilizar a esos referentes como interlocutores con los vecinos, generó una distancia que se notó en las urnas. Además, sin ánimo de caer en simplificaciones injustas, Prince se entusiasmó con la exposición de Salvador Dalí o la actuación de la Camerata Bariloche, mientras había barrios que -como hace doce años- seguían pidiendo a gritos asfalto, mejores servicios, mejores luminarias.
También quedará sonando la aceptación de algo no se suele escuchar de boca de dirigentes o funcionarios políticos: admitir que los cegó la soberbia. El haber incurrido en ese pecado era una sensación latente en una porción de la comunidad. Cuando el gobierno saliente se dio cuenta, los resultados electorales ya habían dado su veredicto.
Creíamos que una nota distendida, extensa, con cuestionario abierto que resumiera el análisis de doce años de gestión, podía generar un documento histórico. Hoy que la charla ya se llevó a cabo y comenzamos a compartirla con los lectores, lo seguimos creyendo. Más allá de que Prince crea que a este medio “se le realizó el sueño del pibe” porque él perdió una elección.
lunes, 10 de diciembre de 2007
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