martes, 22 de enero de 2008

Los intocables de la ribera

El anterior intendente se acalambró la mandíbula pregonando que Luján es el lugar donde se cruzan los caminos de la fe y la historia. Sin embargo, sus expresiones enfáticas no tuvieron, en más de diez años de gestión continuada, un correlato que permita aceptar o creer en su fanatismo por la ciudad y por la difusión y explotación de sus recursos.
Si Luján es el cruce de la fe y la historia y eso mueve a millones de turistas cada año, no se entiende cómo se pudo permitir un abandono de la magnitud que se muestra en la parte más neurálgica de la zona turística.
Un simple recorrido periodístico demostró que pensar en el embellecimiento de la zona es, por el momento, utópico. Se necesita tiempo y dinero para conseguir que los edificios, las máquinas de esparcimiento y los muebles tengan un aspecto cuanto menos digno.
Los locales estatales entregados por la Municipalidad de Luján a diferentes empresarios o comerciantes, exponen una notable falta de mantenimiento. Su aspecto evidencia que si se despinta, se rompe o se pierde algún elemento, se gasta el peso justo para volver a abrir el fin de semana siguiente. Y nada más que eso.
Por eso se pueden observar unidades cerradas, otras en las que se venden presuntas artesanías o servicio de adivinadores, y arreglos grotescos como los que se pueden constatar en los baños ubicados frente al muelle del catamarán o debajo del edificio La Cúpula.
Quizás como arrastre de la crisis, también se desdibujaron los límites de los productos y servicios que se pueden ofrecer. Hubo años en los que los permisos se hicieron laxos. Hoy, como herencia de esos tiempos, todo parece enmarcarse dentro de artesanía.
De allí que en el propio edificio municipal de La Cúpula, donde trabajan los responsables del turismo local, los fines de semana abre una feria que en su mayoría se dedica a la reventa de productos que se consiguen a muy buen precio en La Salada o en los locales mayoristas de Once.
Que un vendedor tire un paño sobre la vereda y se ponga a vender en la zona turística, y lo levante cuando un inspector se lo pide, es una escena habitual en casi todos los destinos turísticos. Es muy distinto a la falta total de límites, de reglas claras y de permisos o concesiones con cláusulas que exijan mejoras, que detallen a cambio de qué se recibe y se explota tal o cual inmueble.
La anterior gestión dedicó doce años a perfeccionar sus excusas y no tocar los intereses establecidos en toda la zona turística. Trabajó en la elaboración de un plan turístico, lo publicó, lo presentó en distintos ámbitos y hasta recibió felicitaciones por esa tarea. También diseñó una maquiavélica idea de ceder por casi un siglo toda la zona a una sociedad anónima, dibujando la estrategia detrás de la “participación mayoritaria del Estado”.
En la práctica, no sólo no tocó lo establecido. Si un baño se rompía, se permitía que se coloque una manguera; si otro baño se inundaba, se lo dejaba escurrir; si un comercio cerraba su persiana, se lo mantenía en esas condiciones. Y mientras tanto se otorgaban permisos precarios para que nadie cercano o conocido de la gestión se quede sin su kiosquito turístico.
Hoy, un simple recorrido expone las consecuencias de esa desidia o, mejor dicho, de esa práctica orquestada desde el Estado. Con excepción de lo recientemente remodelado, lo que ofrecemos a los miles de turistas que llegan a Luján cada fin de semana es vergonzoso. Urge que se exija inversión a los actuales explotadores, al menos hasta que las condiciones de explotación vuelvan a ser claras, transparentes y beneficiosas para todos: para los privados, para el Estado y en especial para las visitas.

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