En una reciente columna de opinión de la página “Rebelión.org”, Daniel Cadabón escribió sobre lo que calificó como “El clásico del verano. Negociaciones con los docentes”.
En su enfoque, el autor habla de los aspectos de una negociación que entiende como superficial en relación con los problemas serios que atañen a la educación en el país. Se justifica la necesidad de reclamar y acceder a aumentos en los salarios de los maestros, pero repara en la verdadera preocupación de las autoridades nacionales y cada una de las autoridades provinciales: que los reclamos no ganen la calle y que el conflicto por mejores condiciones laborales no se unifique en todo el país. Cadabón además plantea que si en Buenos Aires, uno de los espacios con mayor posibilidad de conseguir recursos, los gremios aspiran a un piso salarial de 1.400 pesos, qué le puede esperar a los docentes de las provincias más remotas.
En ese contexto se desarrollan las paritarias y nadie cuestionaría los ejes de la discusión: mejor salario, mejores condiciones generales de trabajo.
Lo que se posiciona en una vereda contraria a la entendible discusión es el modo en que, de un lado y otro, se manipula la negociación para tratar de sacar rédito, sin reparar en el daño y/o la incertidumbre que se genera en incontable cantidad de familias.
Es allí donde la opinión no puede ser compartida ni con las autoridades ni con los dirigentes gremiales que se sientan en la mesa de discusión.
Desde principios de enero se hablaba de la llegada de las paritarias, pero evidentemente sólo se hablaba. No había detrás de las expresiones un trabajo serio y constante que facilitara los acuerdos de cara al comienzo de las clases. Sin embargo, el inicio del ciclo para el 3 de marzo ya había sido fijado a mediados del año pasado.
En la provincia de Buenos Aires, el 8 de febrero pasado se sentaron todas las partes a dialogar sobre reclamos y aceptaciones. “La paritaria fue un éxito” se adelantaron a decir los voceros de la Dirección General de Cultura y Educación.
La paritaria fue un éxito porque no se habló de los salarios. Los gremios dijeron, fuera de la pelea formal –es decir, sólo para los medios de prensa- que pedirían un incremento del 30 por ciento.
Días atrás se volvieron a sentar gremialistas y autoridades y los títulos hablaban de “un fracaso en las paritarias”. Esta semana se discutieron los aumentos.
La negociación quedó congelada hasta la semana que viene. Por eso, la incertidumbre sobre el inicio de las clases se extiende algunos días más. Volvió el clásico del verano: no saber hasta último momento si las clases comienzan o no.
Cada sector mira su conveniencia. Los docentes esperan hasta última hora para, mientras tanto, acusar el gobierno de no querer acceder a los reclamos y entonces poner en peligro el inicio de las clases. Las autoridades también esperan hasta última hora apelando a que la comunidad despotrique contra los docentes por su presunta insensibilidad, por mantener el suspenso respecto del retorno a las aulas.
El suspenso lo mantienen los dos: gremios y autoridades. Y cada uno lo hace con la intención subyacente de llevar agua a su molino. Como decíamos hace prácticamente un año, en medio de la disputa, con la mochila armada y el guardapolvo listo, esperaban miles y miles de chicos.
martes, 19 de febrero de 2008
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