martes, 19 de febrero de 2008

El menosprecio hacia la política

Un pacto de Olivos volvió a las tapas de los grandes medios de prensa. En este caso, el apretón de manos a espaldas del pueblo no fue con argumentos vinculados con el sostenimiento de la democracia, sino que se trató de una repartija partidaria, si se lo mira desde una vereda, o de una conquista más en el afán por conseguir la hegemonía en el poder, si se busca otra visión posible.
A escasos meses de enfrentar en elecciones al gobierno nacional, con críticas de su “política de la avestruz” ante los problemas, sus dibujados números del INDEC, su manera de enfrentar la crisis energética, su política de control de precios y su relación con el presidente venezolano Hugo Chávez, entre otras diferencias, el ex candidato a presidente por UNA (Una Nación Avanzada), Roberto Lavagna, pactó con el ex presidente de la Nación, Néstor Kirchner, sumarse a su proyecto de reorganización del Partido Justicialista, ni más ni menos que la maquinaria electoral que llevó a Kirchner y más tarde a su esposa a la Presidencia de la Argentina.
Lavagna, suelto de cuerpo, intenta explicar lo evidente. Según él, su propuesta jamás fue opositora, sino que “era una alternativa”. Hoy, con la foto del pacto, más de 3 millones de argentinos que le aportaron su voto a la “alternativa” Lavagna se sienten defraudados. Muchos se pellizcan para confirmar si es verdad que, una vez más, un político en campaña los engañó con su discurso.
Uno de los caminos posibles para entender las acciones de los políticos que tienen, en mayor o menor medida, alguna cuota de poder, es analizando las razones concretas para las cuales quieren acceder a posiciones públicas.
Para ello, el primer ejercicio necesario es el de evadir sus explicaciones sobre las razones que ellos dicen sostener al meterse de lleno en la política. En la gran mayoría de los casos -no diremos en todos porque es feo generalizar- dirán que quieren llegar al poder para mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos. En razón de verdad, no mienten; en todo caso, dicen la verdad con matices. Porque personajes como Lavagna o Borocotó (para citar los ejemplos más a mano) quieren meterse en política y, una vez dentro, en realidad lo que quieren es mejorar su calidad de vida. Y como ellos forman parte de todos los ciudadanos, no están mintiendo.
Los políticos que “se meten” en las grandes ligas de la política y durante décadas sostienen una ideología, más allá de las conveniencias personales y circunstanciales, se transformaron en una especie en extinción. Si se responde a esas características, sus colegas de la política lo miran con cara extraña.
De hecho, el menosprecio hacia la política como la manera de modificar las realidades adversas de los ciudadanos se transformó en moneda cotidiana. Tanto que en las últimas elecciones, ciertos candidatos -incluso los locales- planteaban a sus potenciales votantes que su propuesta no tenía ideología. De esa manera, sin nada a qué atarse, es mucho más fácil pegar saltos partidarios en el futuro. ¿Y los votantes? Si te he prometido, no me acuerdo.

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