“El gobierno hace la política del avestruz. Esconde la cabeza bajo la tierra para no enfrentar los problemas”. Una lástima que la incoherencia de su autor, el ex ministro hoy aliado al kirchnerismo Roberto Lavagna, le haya quitado peso a la definición. Hoy esa definición encaja perfectamente para explicar qué (no) hace la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, ante un país que se muestra caótico.
Ayer, un diario ayudaba a recordar cuántas veces el matrimonio presidencial aplicó la política del avestruz: cuando el candidato en Misiones, Carlos Rovira, perdió en su intento reeleccionista; cuando Juan Carlos Blumberg convocó a la primera marcha contra la inseguridad; cuando se produjo la tragedia de Cromañón; cuando murió Jorge Sayago por un acto de represión en Santa Cruz; cuando se realizaron los primeros cortes de los pasos a Uruguay; cuando se supo del caso de los casetes en la causa AMIA, y en estos días, con el país bloqueado y cercano al desabastecimiento por las protestas del campo que ya llevan 14 días.
Cristina Fernández de Kirchner descansó seis días en El Calafate, bien lejos del ruido de los bombos camioneros que mandó a apostar a la vera de las rutas y también bien lejos de las góndolas que se muestran vacías o sobrevaluadas por la amenaza de escasez. Ni siquiera se acercó a los actos centrales por el 24 de marzo de 1976.
Sin entrar en el análisis fino de razones esbozadas de uno y otro lado, resulta indignante que la única política visible del gobierno nacional, ante el firme reclamo del campo, sea dispersar a un grupo de impresentables camioneros rentados por el sindicato y minar el conflicto con un puñado de frases bélicas de los lenguaraces de siempre: Hugo Moyano, Luis D`Elía, los Fernández, entre otros.
¿No hay funcionarios nacionales dedicados a los problemas del agro? Si existen tales funcionarios, ¿qué hacen por mejorar la alarmante situación actual?
Lo cierto es que el gobierno no tuvo la capacidad para frenar las acciones de protesta antes de llegar a la sensación actual y al reciente anuncio de un paro por tiempo indeterminado.
Los dirigidos por Cristina siguieron defendiendo las abusivas retenciones que no distinguen entre productores pequeños, medianos o grandes; su gestión no invirtió ese dinero fácil que llega a las arcas de la Nación en obras o políticas que esbocen un real proyecto de inserción social, y profundizó la estrategia del enfrentamiento entre ciudadanos, machacando con la idea de oligarcas contra el pueblo; de ricos contra pobres.
Nada de lo expuesto es serio para defenderlo como política de Estado y las consecuencias comienzan a asomar. Un país cortado en sus rutas principales, productores que no entregan mercadería de consumo primario, incidentes en los piquetes, precios que se disparan “por las dudas” y –como si faltara más- la idea de la intervención militar para asegurar el abastecimiento.
Todo se desarrolla y se complica mientras el matrimonio presidencial descansa en El Calafate o, en todo caso, uno se preocupa por el modelito adecuado para cada acto y el otro sigue construyendo poder en las cómodas oficinas de la “oligarca” urbanización de Puerto Madero. Ambos, bien lejos de las rutas y el campo.
miércoles, 26 de marzo de 2008
"Ella está enojada"
La relación comenzó complicada. La intendenta Graciela Rosso no había asumido y ya asomaban pequeños cortocircuitos para trabajar con la información emanada de la nueva gestión. Se pidió y gestionó una entrevista exclusiva con la electa jefa comunal. Las tratativas se realizaron a través de la persona que trabajó como prensa de la campaña. Quien ofició de intermediario para conseguir la nota pidió quedarse a escucharla. No hubo problemas para acceder al pedido, pero horas más tarde al menos dos preguntas realizadas por este medio fueron repetidas para una nota que se pasó en la televisión antes de la publicación de nuestra entrevista.
Rosso eligió a Fabián Pérez para el cargo de director de Prensa. Horas después de esa decisión, trascendió que la intendenta electa –aún no había asumido- había emprendido un viaje al exterior. Se buscó la confirmación de esa noticia y se llamó al responsable de prensa, inminente funcionario: “¿Rosso viajó a Cuba?”, le preguntó este medio. “Eso es lo que están diciendo”, respondió el por entonces no asumido director. “¿Cómo ‘lo están diciendo’? ¿Quién lo está diciendo?”, se insistió. “Eso dicen, pero parece que ella (Rosso) tuvo un problema de presión por la campaña y se tomó unos días”. Se intentó explicar que esa no era una respuesta acorde con la situación, pero fue en vano.
Rosso regresó de Cuba y comenzó a transitar su gestión. Los funcionarios comenzaban a trabajar en sus cargos, pero no aparecía la información oficial sobre cada uno de los nombramientos. Se solicitaron datos y desde Prensa se prometió una grilla completa de todos los colaboradores políticos de la administración, pero la grilla sigue sin aparecer. Sólo se aportaron los datos de los secretarios y de un puñado de directores y subdirectores.
Otro caso testigo de la dificultad en la recepción de la información oficial: la intendenta se reunió con la secretaria de Medio Ambiente de Nación, Romina Picolotti, y no se avisó a los medios de prensa sobre su presencia. El importante encuentro se tradujo y sintetizó en una gacetilla de dos párrafos. Desde nuestra redacción se pidió una ampliación y se redactó una segunda gacetilla, más completa, que se entregó a todos los medios; no sólo al que la pidió.
Siguieron los vaivenes en la recepción de la información oficial hasta que este medio supo y difundió el caso de la desaparición en el Hospital de las tapitas de plástico que los vecinos juntaban solidariamente para adquirir elementos para ese establecimiento de salud. Desde entonces, en incontable cantidad de ocasiones, se solicitó a la Dirección de Prensa que ayudara a conseguir una explicación oficial. Como respuesta, se pedía tiempo. En una ocasión, un periodista de este medio insistió en el pedido y se logró que el director del Hospital, Daniel Ortega, adelantara que se abriría un sumario interno. “Pero va a hablar con la secretaria de Salud para ver qué se termina informando”, respondió el funcionario Pérez.
Cuando EL CIVISMO consiguió, a través de un testigo presencial, la información de lo que ocurrió con las bolsas de tapitas y otros elementos que molestaban en el lavadero, se le volvió a pedir a Pérez que las autoridades dieran su versión de los hechos. “Mañana o pasado van a dar una conferencia de prensa o algo para informar”.
La semana pasada –mientras insistíamos en conseguir una explicación oficial- la Dirección de Prensa redactó una aclaración con palabras de Ortega (que no aclara en nada lo informado por este medio y sólo ratifica la apertura de un sumario). Ese informe público se entregó a todos los medios de prensa de Luján, menos a EL CIVISMO.
Se le preguntó a Pérez la causa de la discriminación en la difusión de ese acto de gobierno, y el funcionario sólo explicó que “Graciela está enojada por lo que ustedes escribieron de las tapitas. Le molestó ese tema”. “Podemos entender el enojo, pero usted sabe que pedimos explicaciones oficiales no menos de diez veces. Además, una cosa no debería tener relación con la otra. Un enojo no puede fijar la política de comunicación de una gestión de gobierno”, intentó explicar este medio. “Sí, sé que ustedes pidieron la información, pero está enojada. Está enojada”, volvió a decir el funcionario. “¿Y usted no le explicó que esa conducta era equivocada?”. “Sí, se lo dije. Y se lo voy a volver a decir. Pero se enojó”, reiteró.
Nos cuesta creer que el enojo por una nota derive en la discriminación de la información oficial hacia un medio de prensa; que el enojo desemboque en la censura total sobre los actos de gobierno para un medio de comunicación y termine fijando una política de comunicación. Consideramos que quienes transitan la arena política desde hace muchos años tienen el deber de conocer la gravedad de semejante medida. Y conocer, además, que la información de los actos de gobierno no se puede cercenar bajo ninguna excusa.
Nos cuesta creer, pero deberemos hacerlo porque durante esta semana sólo se enviaron a la redacción de EL CIVISMO dos gacetillas de la Dirección de Prensa. Se le preguntó al responsable del área si la medida de censura ya estaba en marcha y respondió que “sí”. “Entonces, ¿las dos gacetillas de esta semana llegaron por error?”, se preguntó. “Deben haber llegado por error”, respondió el funcionario Pérez. “Necesitamos la confirmación oficial de las razones de esa discriminación”, pidió este medio. “Ella está muy enojada por esa nota de las tapitas”, volvió a argumentar el director de Prensa. Y desde entonces (el martes, para ser más específicos) no volvimos a hablar con la Dirección de Prensa. Y tampoco llegaron más gacetillas oficiales.
Rosso eligió a Fabián Pérez para el cargo de director de Prensa. Horas después de esa decisión, trascendió que la intendenta electa –aún no había asumido- había emprendido un viaje al exterior. Se buscó la confirmación de esa noticia y se llamó al responsable de prensa, inminente funcionario: “¿Rosso viajó a Cuba?”, le preguntó este medio. “Eso es lo que están diciendo”, respondió el por entonces no asumido director. “¿Cómo ‘lo están diciendo’? ¿Quién lo está diciendo?”, se insistió. “Eso dicen, pero parece que ella (Rosso) tuvo un problema de presión por la campaña y se tomó unos días”. Se intentó explicar que esa no era una respuesta acorde con la situación, pero fue en vano.
Rosso regresó de Cuba y comenzó a transitar su gestión. Los funcionarios comenzaban a trabajar en sus cargos, pero no aparecía la información oficial sobre cada uno de los nombramientos. Se solicitaron datos y desde Prensa se prometió una grilla completa de todos los colaboradores políticos de la administración, pero la grilla sigue sin aparecer. Sólo se aportaron los datos de los secretarios y de un puñado de directores y subdirectores.
Otro caso testigo de la dificultad en la recepción de la información oficial: la intendenta se reunió con la secretaria de Medio Ambiente de Nación, Romina Picolotti, y no se avisó a los medios de prensa sobre su presencia. El importante encuentro se tradujo y sintetizó en una gacetilla de dos párrafos. Desde nuestra redacción se pidió una ampliación y se redactó una segunda gacetilla, más completa, que se entregó a todos los medios; no sólo al que la pidió.
Siguieron los vaivenes en la recepción de la información oficial hasta que este medio supo y difundió el caso de la desaparición en el Hospital de las tapitas de plástico que los vecinos juntaban solidariamente para adquirir elementos para ese establecimiento de salud. Desde entonces, en incontable cantidad de ocasiones, se solicitó a la Dirección de Prensa que ayudara a conseguir una explicación oficial. Como respuesta, se pedía tiempo. En una ocasión, un periodista de este medio insistió en el pedido y se logró que el director del Hospital, Daniel Ortega, adelantara que se abriría un sumario interno. “Pero va a hablar con la secretaria de Salud para ver qué se termina informando”, respondió el funcionario Pérez.
Cuando EL CIVISMO consiguió, a través de un testigo presencial, la información de lo que ocurrió con las bolsas de tapitas y otros elementos que molestaban en el lavadero, se le volvió a pedir a Pérez que las autoridades dieran su versión de los hechos. “Mañana o pasado van a dar una conferencia de prensa o algo para informar”.
La semana pasada –mientras insistíamos en conseguir una explicación oficial- la Dirección de Prensa redactó una aclaración con palabras de Ortega (que no aclara en nada lo informado por este medio y sólo ratifica la apertura de un sumario). Ese informe público se entregó a todos los medios de prensa de Luján, menos a EL CIVISMO.
Se le preguntó a Pérez la causa de la discriminación en la difusión de ese acto de gobierno, y el funcionario sólo explicó que “Graciela está enojada por lo que ustedes escribieron de las tapitas. Le molestó ese tema”. “Podemos entender el enojo, pero usted sabe que pedimos explicaciones oficiales no menos de diez veces. Además, una cosa no debería tener relación con la otra. Un enojo no puede fijar la política de comunicación de una gestión de gobierno”, intentó explicar este medio. “Sí, sé que ustedes pidieron la información, pero está enojada. Está enojada”, volvió a decir el funcionario. “¿Y usted no le explicó que esa conducta era equivocada?”. “Sí, se lo dije. Y se lo voy a volver a decir. Pero se enojó”, reiteró.
Nos cuesta creer que el enojo por una nota derive en la discriminación de la información oficial hacia un medio de prensa; que el enojo desemboque en la censura total sobre los actos de gobierno para un medio de comunicación y termine fijando una política de comunicación. Consideramos que quienes transitan la arena política desde hace muchos años tienen el deber de conocer la gravedad de semejante medida. Y conocer, además, que la información de los actos de gobierno no se puede cercenar bajo ninguna excusa.
Nos cuesta creer, pero deberemos hacerlo porque durante esta semana sólo se enviaron a la redacción de EL CIVISMO dos gacetillas de la Dirección de Prensa. Se le preguntó al responsable del área si la medida de censura ya estaba en marcha y respondió que “sí”. “Entonces, ¿las dos gacetillas de esta semana llegaron por error?”, se preguntó. “Deben haber llegado por error”, respondió el funcionario Pérez. “Necesitamos la confirmación oficial de las razones de esa discriminación”, pidió este medio. “Ella está muy enojada por esa nota de las tapitas”, volvió a argumentar el director de Prensa. Y desde entonces (el martes, para ser más específicos) no volvimos a hablar con la Dirección de Prensa. Y tampoco llegaron más gacetillas oficiales.
miércoles, 12 de marzo de 2008
En sólo 3 minutos
En la madrugada del domingo, en Dolores, un tren embistió a un colectivo de larga distancia que, por razones que se intentarán determinar, no respetó las barreras bajas de un paso a nivel. 17 personas muertas, gran cantidad de heridos. Un saldo previsible para semejante imprudencia.
Después del choque, lo habitual: el análisis de lo que sucedió, la rápida búsqueda de culpables, las imágenes que, incansables, muestran los hierros retorcidos. Y, a la distancia, comienzan a aparecer los datos estadísticos, las cuestiones relacionadas con la seguridad al viajar. Ante ello, ¿qué se puede aportar como nuevo?
Entre diferentes análisis posibles de una catástrofe semejante, uno lo tenemos al alcance de la mano. El colectivo intentó cruzar con las barreras bajas y la maniobra le salió pésimo. Ante ello, es inconcebible horrorizarse.
Con la modesta idea de exponer que los argentinos, todos, tenemos incorporada a la imprudencia como la manera de manejarnos en la calle o en las rutas, mientras tomaba forma este editorial realizamos un pequeño ejercicio. Nos asomamos al balcón de la redacción y decidimos observar y registrar cuántas infracciones (leáse imprudencias) se pueden observar en una esquina cualquiera, en apenas 5 minutos.
Lo primero que debemos contar es que, para acotar las observaciones al espacio del que disponemos, los 5 minutos lo redujimos a 3.
En ese tiempo, un auto blanco, una traffic del mismo color, un Duna roja y otro gris esperaban en doble fila a los chicos que salían de un jardín de infantes. Un ciclista pasó con el semáforo en rojo. Dos chicos transitaban a la avenida Doctor Muñiz haciendo equilibrio sobre una bicicleta, mientras cargaban un par de muletas. Corta el semáforo para dar paso a los conductores que vienen por Alsina y 6 motociclistas, 2 de ellos con pasajeros detrás (es decir, ocho personas), viajaban en moto sin casco a la vista.
Mientras tanto –y seguimos dentro de los 3 minutos- al menos 6 madres esperaban la salida de sus chicos del colegio con la bicicleta estacionada en el medio de la cinta asfáltica. Ajena a esa situación, una señora cruza la mencionada avenida por el medio, sin reparar en la señalización para el cruce peatonal. El registro de las imprudencias se torna complejo; casi no hay tiempo para anotar todo. Las motos, en todas las direcciones, siguen transportando a conductores sin casco, muchos de ellos exponiendo lo que debe ser una moda: el niño en sándwich; un adulto maneja, el nene con su mochila en el medio, y detrás un mayor o un hermanito. Todos sin el caso, por supuesto.
El semáforo vuelve a modificar el paso y doblan seis rodados sin recordar que los vehículos traen algo que se llama luz de giro. Entre los olvidadizos, el conductor de una ambulancia. Apurada por responder al antojo del nene, una mamá recorre más de media cuadra en bicicleta y en contramano, con su hijo en el canasto. Todo por el afán de llegar rápido al kiosco.
Se cumplían los 3 minutos y nos aprestábamos a regresar a la redacción cuando aparece en escena un señor que merece su mención: vestido con jeans y camisa gris, el hombre circulaba con su moto y en la cabeza llevaba un casco. Casi una especie en extinción.
Cuando los accidentes ocurren, todavía solemos horrorizarnos.
Después del choque, lo habitual: el análisis de lo que sucedió, la rápida búsqueda de culpables, las imágenes que, incansables, muestran los hierros retorcidos. Y, a la distancia, comienzan a aparecer los datos estadísticos, las cuestiones relacionadas con la seguridad al viajar. Ante ello, ¿qué se puede aportar como nuevo?
Entre diferentes análisis posibles de una catástrofe semejante, uno lo tenemos al alcance de la mano. El colectivo intentó cruzar con las barreras bajas y la maniobra le salió pésimo. Ante ello, es inconcebible horrorizarse.
Con la modesta idea de exponer que los argentinos, todos, tenemos incorporada a la imprudencia como la manera de manejarnos en la calle o en las rutas, mientras tomaba forma este editorial realizamos un pequeño ejercicio. Nos asomamos al balcón de la redacción y decidimos observar y registrar cuántas infracciones (leáse imprudencias) se pueden observar en una esquina cualquiera, en apenas 5 minutos.
Lo primero que debemos contar es que, para acotar las observaciones al espacio del que disponemos, los 5 minutos lo redujimos a 3.
En ese tiempo, un auto blanco, una traffic del mismo color, un Duna roja y otro gris esperaban en doble fila a los chicos que salían de un jardín de infantes. Un ciclista pasó con el semáforo en rojo. Dos chicos transitaban a la avenida Doctor Muñiz haciendo equilibrio sobre una bicicleta, mientras cargaban un par de muletas. Corta el semáforo para dar paso a los conductores que vienen por Alsina y 6 motociclistas, 2 de ellos con pasajeros detrás (es decir, ocho personas), viajaban en moto sin casco a la vista.
Mientras tanto –y seguimos dentro de los 3 minutos- al menos 6 madres esperaban la salida de sus chicos del colegio con la bicicleta estacionada en el medio de la cinta asfáltica. Ajena a esa situación, una señora cruza la mencionada avenida por el medio, sin reparar en la señalización para el cruce peatonal. El registro de las imprudencias se torna complejo; casi no hay tiempo para anotar todo. Las motos, en todas las direcciones, siguen transportando a conductores sin casco, muchos de ellos exponiendo lo que debe ser una moda: el niño en sándwich; un adulto maneja, el nene con su mochila en el medio, y detrás un mayor o un hermanito. Todos sin el caso, por supuesto.
El semáforo vuelve a modificar el paso y doblan seis rodados sin recordar que los vehículos traen algo que se llama luz de giro. Entre los olvidadizos, el conductor de una ambulancia. Apurada por responder al antojo del nene, una mamá recorre más de media cuadra en bicicleta y en contramano, con su hijo en el canasto. Todo por el afán de llegar rápido al kiosco.
Se cumplían los 3 minutos y nos aprestábamos a regresar a la redacción cuando aparece en escena un señor que merece su mención: vestido con jeans y camisa gris, el hombre circulaba con su moto y en la cabeza llevaba un casco. Casi una especie en extinción.
Cuando los accidentes ocurren, todavía solemos horrorizarnos.
lunes, 10 de marzo de 2008
Haz lo que yo digo, no lo que yo hago
Contradictorio. Es lo más adecuado que se puede expresar para preservar los modos políticamente correctos y definir lo que por un lado realiza el gobierno municipal y por otro lado permite que se haga. ¿De qué hablamos?
Días atrás, a través de una gacetilla de prensa, el gobierno comunal invitó a los vecinos de Luján a colaborar con una campaña solidaria para la recolección de libros y así aportar al equipamiento de una biblioteca. La encabeza un área de la estructura comunal: la Casa de la Juventud. Y la destinataria elegida es la biblioteca popular “Nueva Esperanza”, del barrio El Ceibo.
Esta semana, en el marco de los anuncios oficiales por la realización del festival “Encuentro de la Fe y la Historia”, previsto para los próximos 15 y 16 de marzo, las autoridades locales vuelven a apelar a la solidaridad de los vecinos. Destacaron que la entrada a todos los espectáculos será gratuita, pero que se colocarán recipientes para que se depositen alimentos no perecederos que serán clasificados y distribuidos por la Dirección de Atención y Emergencia Directa de la Municipalidad.
Sumamente interesante cada una de las iniciativas del gobierno local. Lástima que el pasado inmediato no nos permita fomentar en los vecinos ese espíritu solidario si quien lo pide es el gobierno municipal, y mucho menos ofrecer nuestro espacio de difusión como garantía de que lo que se done llegará a las manos que lo necesitan.
Es lo mínimo que se puede expresar ante el silencio cuasi burlón que las mismas autoridades que ahora piden colaboración, asumen a la hora de (no) explicar qué pasó con los cerca de 2.000 kilos de tapitas de plástico que la gente donó para colaborar con el Hospital. Y que desaparecieron de ese establecimiento de salud sin que nadie se haga cargo de lo ocurrido.
Lo expresamos en ediciones pasadas y no deberíamos cansarnos de decirlo: lo que ocurrió con el material donado por incontable cantidad de lujanenses de todas las edades, con el fin de ayudar al Hospital público, es vergonzoso. Y sólo agrega una cuota de vergüenza el hecho que no se comunique a los responsables de la campaña qué pasó con un cargamento que se valúa –aunque importante la cifra- en unos 2.400 pesos.
Carlos Mainelli fue el vecino al que se le ocurrió la iniciativa de juntar las tapitas y tuvo la desafortunada idea de pensar en el mismo Hospital como el mejor resguardo para el acopio. Desde el gobierno le dijeron que si quiere explicar o recibir explicaciones de la intendenta, tiene que pedirlo por nota.
El gobierno municipal muestra un flagrante desinterés por explicar por qué se frustró una campaña solidaria, pide a los vecinos que colaboren con dos propuestas de esa característica.
A modo de consejo; si los vecinos no vieron herido su sentimiento solidario con lo que ocurrió en el Hospital, y donan libros o alimentos no perecederos, tengan en cuenta un sitio para su acopio y una correcta vigilancia de lo depositado. No sería bueno que uno, dos o tres vivos se apoderen de lo que la gente entrega con la intención de ayudar a los demás
Días atrás, a través de una gacetilla de prensa, el gobierno comunal invitó a los vecinos de Luján a colaborar con una campaña solidaria para la recolección de libros y así aportar al equipamiento de una biblioteca. La encabeza un área de la estructura comunal: la Casa de la Juventud. Y la destinataria elegida es la biblioteca popular “Nueva Esperanza”, del barrio El Ceibo.
Esta semana, en el marco de los anuncios oficiales por la realización del festival “Encuentro de la Fe y la Historia”, previsto para los próximos 15 y 16 de marzo, las autoridades locales vuelven a apelar a la solidaridad de los vecinos. Destacaron que la entrada a todos los espectáculos será gratuita, pero que se colocarán recipientes para que se depositen alimentos no perecederos que serán clasificados y distribuidos por la Dirección de Atención y Emergencia Directa de la Municipalidad.
Sumamente interesante cada una de las iniciativas del gobierno local. Lástima que el pasado inmediato no nos permita fomentar en los vecinos ese espíritu solidario si quien lo pide es el gobierno municipal, y mucho menos ofrecer nuestro espacio de difusión como garantía de que lo que se done llegará a las manos que lo necesitan.
Es lo mínimo que se puede expresar ante el silencio cuasi burlón que las mismas autoridades que ahora piden colaboración, asumen a la hora de (no) explicar qué pasó con los cerca de 2.000 kilos de tapitas de plástico que la gente donó para colaborar con el Hospital. Y que desaparecieron de ese establecimiento de salud sin que nadie se haga cargo de lo ocurrido.
Lo expresamos en ediciones pasadas y no deberíamos cansarnos de decirlo: lo que ocurrió con el material donado por incontable cantidad de lujanenses de todas las edades, con el fin de ayudar al Hospital público, es vergonzoso. Y sólo agrega una cuota de vergüenza el hecho que no se comunique a los responsables de la campaña qué pasó con un cargamento que se valúa –aunque importante la cifra- en unos 2.400 pesos.
Carlos Mainelli fue el vecino al que se le ocurrió la iniciativa de juntar las tapitas y tuvo la desafortunada idea de pensar en el mismo Hospital como el mejor resguardo para el acopio. Desde el gobierno le dijeron que si quiere explicar o recibir explicaciones de la intendenta, tiene que pedirlo por nota.
El gobierno municipal muestra un flagrante desinterés por explicar por qué se frustró una campaña solidaria, pide a los vecinos que colaboren con dos propuestas de esa característica.
A modo de consejo; si los vecinos no vieron herido su sentimiento solidario con lo que ocurrió en el Hospital, y donan libros o alimentos no perecederos, tengan en cuenta un sitio para su acopio y una correcta vigilancia de lo depositado. No sería bueno que uno, dos o tres vivos se apoderen de lo que la gente entrega con la intención de ayudar a los demás
jueves, 6 de marzo de 2008
Nueva política con viejos contratos
El oficialismo todo –es decir, concejales y funcionarios- dejaron pasar una buena ocasión para demostrar que es verdad aquello de trabajar en el marco de una nueva política, sin repetir costumbres, vicios o malas prácticas de otros años.
El viernes pasado se llevó a cabo la primera sesión extraordinaria del año y mezclados entre los puntos del temario aparecían los expedientes de distintos alquileres que la Municipalidad de Luján paga hace varios años. Fueron analizados, acordados y firmados (aunque en muchos de ellos justamente no aparecen las firmas) por los responsables de la gestión anterior, encabezada por Miguel Prince.
El análisis realizado por la concejal vecinalista Amanda Robles arrojó luz sobre acuerdos que están repletos de errores, omisiones y condiciones de clara desventaja para el municipio. Sólo Prince y sus funcionarios podrían llegar a explicar las razones de esos acuerdos que, aún para el más principiante de los inquilinos, eran insostenibles (ver página 3).
Prince, contra toda lógica del mercado inmobiliario, quiso alquilar y pagar cifras importantes por mes para que la Municipalidad, el ANSeS o las Fiscalías tuvieran más espacio para trabajar y brindar sus servicios.
Robles descubrió que no están las firmas y/o los datos de los responsables de cada parte, que se pagaron miles de pesos por edificios destruidos que la Comuna debió reparar a nuevos, que se sellaban acuerdos por dos años cuando la ley establece tres años como mínimo, que se asumen los pagos de tasas; en síntesis, que se acordaba con condiciones de desventaja para la Municipalidad y no se reparaba en gastos.
Ese cúmulo de información fue volcado a la sesión del viernes, pero en los bloques oficialista y ex oficialista primó la sordera.
El bloque presidido por Ariel Notta mantuvo un entendible silencio. Si sabían de antemano que el oficialismo avalaría lo realizado, no tenían necesidad de defender lo actuado por los ex funcionarios.
Habrá sido sorprendente para aquellos que creyeron ese slogan de “la nueva política” la postura adoptada por la bancada presidida por Pablo Tonini, que no es ni más ni menos que la voz de la Intendencia en el recinto deliberativo.
El concejal oficialista no se ruborizó al aceptar que pueden existir esas irregularidades, pero el temor a darle un corte a las malas prácticas reside en la posibilidad de juicios contra la comuna. Tonini tampoco escuchó cuando se le aclaró que un contrato de alquiler implica un acuerdo de partes.
Si se ponía punto final a estos polémicos contratos, seguramente la Municipalidad tenía que afrontar la urgencia de buscar nuevos espacios o sellar otros acuerdos de alquiler. También es cierto que los beneficiarios-propietarios de los actuales inmuebles no estarían muy contentos. ¿Acaso enfrentar esos problemas no sería lógico y saludable para una gestión que prometió hacer las cosas como corresponde? El oficialismo en el Concejo ya respondió a esta pregunta.
El viernes pasado se llevó a cabo la primera sesión extraordinaria del año y mezclados entre los puntos del temario aparecían los expedientes de distintos alquileres que la Municipalidad de Luján paga hace varios años. Fueron analizados, acordados y firmados (aunque en muchos de ellos justamente no aparecen las firmas) por los responsables de la gestión anterior, encabezada por Miguel Prince.
El análisis realizado por la concejal vecinalista Amanda Robles arrojó luz sobre acuerdos que están repletos de errores, omisiones y condiciones de clara desventaja para el municipio. Sólo Prince y sus funcionarios podrían llegar a explicar las razones de esos acuerdos que, aún para el más principiante de los inquilinos, eran insostenibles (ver página 3).
Prince, contra toda lógica del mercado inmobiliario, quiso alquilar y pagar cifras importantes por mes para que la Municipalidad, el ANSeS o las Fiscalías tuvieran más espacio para trabajar y brindar sus servicios.
Robles descubrió que no están las firmas y/o los datos de los responsables de cada parte, que se pagaron miles de pesos por edificios destruidos que la Comuna debió reparar a nuevos, que se sellaban acuerdos por dos años cuando la ley establece tres años como mínimo, que se asumen los pagos de tasas; en síntesis, que se acordaba con condiciones de desventaja para la Municipalidad y no se reparaba en gastos.
Ese cúmulo de información fue volcado a la sesión del viernes, pero en los bloques oficialista y ex oficialista primó la sordera.
El bloque presidido por Ariel Notta mantuvo un entendible silencio. Si sabían de antemano que el oficialismo avalaría lo realizado, no tenían necesidad de defender lo actuado por los ex funcionarios.
Habrá sido sorprendente para aquellos que creyeron ese slogan de “la nueva política” la postura adoptada por la bancada presidida por Pablo Tonini, que no es ni más ni menos que la voz de la Intendencia en el recinto deliberativo.
El concejal oficialista no se ruborizó al aceptar que pueden existir esas irregularidades, pero el temor a darle un corte a las malas prácticas reside en la posibilidad de juicios contra la comuna. Tonini tampoco escuchó cuando se le aclaró que un contrato de alquiler implica un acuerdo de partes.
Si se ponía punto final a estos polémicos contratos, seguramente la Municipalidad tenía que afrontar la urgencia de buscar nuevos espacios o sellar otros acuerdos de alquiler. También es cierto que los beneficiarios-propietarios de los actuales inmuebles no estarían muy contentos. ¿Acaso enfrentar esos problemas no sería lógico y saludable para una gestión que prometió hacer las cosas como corresponde? El oficialismo en el Concejo ya respondió a esta pregunta.
No importa cuántas tapitas eran
Los gestos solidarios tienen un valor que no se mide en monedas. Se trata de acciones que realizan las personas resignando tiempo, recursos e ideas propias con la única intención de aportar al bien común; para ayudar a los que menos tienen, cualquier sea la causa esa desventaja o de esa necesidad. Existen gestos solidarios urgentes, como los que suelen aparecer ante desastres naturales. Y otros que se sostienen en el tiempo, cuyo ejemplo más cercano lo encontramos en las entidades solidarias. Sin duda, los gestos solidarios representan una de las expresiones más apreciadas de un ser humano.
Un par de vecinos de Luján iniciaron hace años una campaña solidaria cuyo beneficiario era el Hospital Municipal Nuestra Señora de Luján; es decir, directa o indirectamente, toda la comunidad de Luján.
Entendieron que una manera de ayudar, contando con la colaboración de los vecinos lujanenses, eran reunir tapitas plásticas (elemento habitual en todos los hogares), vender ese material y, con los fondos, comprar o reparar lo que hiciera falta en el establecimiento público de salud.
Incontable cantidad de vecinos se sumaron a la propuesta que logró amplia difusión en los medios de comunicación. Durante años, chicos y grandes, sólo o por sugerencia de entidades sociales o educativas, llenaron bolsas de tapitas que primero se depositaron en la casa de uno de los voluntarios, y en los últimos tiempos pasaron a almacenarse en el mismo Hospital Municipal.
Según se supo en estos días, la última venta de tapitas se había realizado a mediados del año pasado y con el dinero se atendieron necesidades muy concretas del Hospital (reparación de un portón, compra de una mesa, de un esterilizador, entre otras cosas). Desde ese entonces, kilos y kilos de tapitas se fueron juntando con el edificio de salud.
El 31 de enero pasado uno de los voluntarios se acercó al nosocomio para preguntar qué se haría con el dinero derivado de la venta de cerca de 2.000 kilos de plástico que se almacenaban en el lavadero. No se acordó el destino y las tapitas siguieron esperando. Se presumía en ese entonces que la recaudación por la venta podía rozar los 2.500 pesos.
Lo cierto es que quince días más tarde el mismo voluntario regresó el Hospital para definir qué hacer con las tapitas, pero ya no estaban en el establecimiento. Nadie se dignó a darle una respuesta por la misteriosa desaparición.
En nuestra edición pasada se informó en detalle sobre lo ocurrido aunque, claro está, faltaban las explicaciones oficiales. Por tratarse de un gesto solidario cuyo valor excede lo monetario, era de esperar que las explicaciones contundentes aparecieran de inmediato.
Pasaron los días y sólo por la insistencia de este medio en conocer qué pasó con las tapitas, apenas se alcanzó a saber que “el director del Hospital tiene resuelto abrir un sumario para que se investigue lo ocurrido”. Se buscaron más precisiones y oficialmente se dijo que “el texto del sumario lo terminarán de definir el director del Hospital (Dr. Daniel Ortega) y el secretario de Legal y Técnica”.
Hoy por hoy, no se sabe qué pasó con 2.000 kilos de plástico que solidariamente juntaron cientos y cientos de lujanenses para ayudar a su propio Hospital. En realidad, se sabe que desaparecieron y que alguien ingresó al edificio público y retiró la abultada carga sin que las autoridades se inmutaran.
Estamos ante un pésimo ejemplo para aquellos que están a tiempo de aprender el valor de la solidaridad. Estamos ante un acto de desidia, que debería provocar vergüenza.
Un par de vecinos de Luján iniciaron hace años una campaña solidaria cuyo beneficiario era el Hospital Municipal Nuestra Señora de Luján; es decir, directa o indirectamente, toda la comunidad de Luján.
Entendieron que una manera de ayudar, contando con la colaboración de los vecinos lujanenses, eran reunir tapitas plásticas (elemento habitual en todos los hogares), vender ese material y, con los fondos, comprar o reparar lo que hiciera falta en el establecimiento público de salud.
Incontable cantidad de vecinos se sumaron a la propuesta que logró amplia difusión en los medios de comunicación. Durante años, chicos y grandes, sólo o por sugerencia de entidades sociales o educativas, llenaron bolsas de tapitas que primero se depositaron en la casa de uno de los voluntarios, y en los últimos tiempos pasaron a almacenarse en el mismo Hospital Municipal.
Según se supo en estos días, la última venta de tapitas se había realizado a mediados del año pasado y con el dinero se atendieron necesidades muy concretas del Hospital (reparación de un portón, compra de una mesa, de un esterilizador, entre otras cosas). Desde ese entonces, kilos y kilos de tapitas se fueron juntando con el edificio de salud.
El 31 de enero pasado uno de los voluntarios se acercó al nosocomio para preguntar qué se haría con el dinero derivado de la venta de cerca de 2.000 kilos de plástico que se almacenaban en el lavadero. No se acordó el destino y las tapitas siguieron esperando. Se presumía en ese entonces que la recaudación por la venta podía rozar los 2.500 pesos.
Lo cierto es que quince días más tarde el mismo voluntario regresó el Hospital para definir qué hacer con las tapitas, pero ya no estaban en el establecimiento. Nadie se dignó a darle una respuesta por la misteriosa desaparición.
En nuestra edición pasada se informó en detalle sobre lo ocurrido aunque, claro está, faltaban las explicaciones oficiales. Por tratarse de un gesto solidario cuyo valor excede lo monetario, era de esperar que las explicaciones contundentes aparecieran de inmediato.
Pasaron los días y sólo por la insistencia de este medio en conocer qué pasó con las tapitas, apenas se alcanzó a saber que “el director del Hospital tiene resuelto abrir un sumario para que se investigue lo ocurrido”. Se buscaron más precisiones y oficialmente se dijo que “el texto del sumario lo terminarán de definir el director del Hospital (Dr. Daniel Ortega) y el secretario de Legal y Técnica”.
Hoy por hoy, no se sabe qué pasó con 2.000 kilos de plástico que solidariamente juntaron cientos y cientos de lujanenses para ayudar a su propio Hospital. En realidad, se sabe que desaparecieron y que alguien ingresó al edificio público y retiró la abultada carga sin que las autoridades se inmutaran.
Estamos ante un pésimo ejemplo para aquellos que están a tiempo de aprender el valor de la solidaridad. Estamos ante un acto de desidia, que debería provocar vergüenza.
Ejemplo de madurez democrática
Si es cierto que la envidia puede ser sana, eso era lo que provocaba, el lunes por la noche, observar en diferentes canales de televisión a dos candidatos a la presidencia de un país debatir sobre sus propuestas de campaña. Después de 15 años de negar esa posibilidad a los ciudadanos, los postulantes a la Presidencia de España, José Luis Zapatero y Mariano Rajoy, se sentaron frente a frente -con la sola compañía de un moderador- a intercambiar opiniones sobre lo que hizo o hará uno u otro en caso de llegar al cargo máximo de esa nación europea.
El socialista Zapatero y el candidato del Partido Popular debatieron con vehemencia, con entusiasmo, con datos y gráficos especialmente preparados para la ocasión, con inteligencia y con apenas un par de interrupciones entre ellos. También respetaron, a rajatablas, el orden y el tiempo establecido para cada una de las exposiciones y los tres minutos finales destinados a hilvanar una conclusión dirigida a los potenciales votantes.
Sin interferencias ni ruidos en la comunicación, millones de españoles y espectadores fortuitos –como quien le da forma a estos párrafos- tuvieron la oportunidad de mirar a los candidatos y escuchar sus propuestas o posturas.
El minuto siguiente a la finalización del debate es harina de otro costal. Los medios de prensa de España y del mundo se abocaron a resumir lo que consideraron los pasajes más relevantes, buscaron el título más adecuado para la crónica y, de acuerdo al modo de entender y trasmitir su información, hablaron de una victoria de Zapatero o de Rajoy. Nada de ello perturbó la atención de millones de ciudadanos que deberán elegir a su presidente.
A los candidatos seguramente les interesará, pero a los fines democráticos poco importa saber quién ganó o perdió el cruce verbal. Lo importante, lo destacable, lo que es digno de copiar y genera sana envidia es el respeto por la herramienta del debate como una manera de transitar la campaña electoral; como un modo de manejarse en democracia.
En Argentina, los últimos candidatos a ocupar la Presidencia vienen negando esa posibilidad de modo sistemático. A lo más alto que se ha llegado a la hora de debatir públicamente ha sido a legislador nacional o jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Luján tuvo algún ejemplo destacable allá por 1999, cuando quienes se perfilaban como los candidatos más firmes para quedarse con la Intendencia, Miguel Prince y Juan Carlos Juárez, aceptaron debatir y responder preguntas ante alumnos de un colegio secundario.
Hoy no abundan los ejemplos locales –quien ganó las últimas elecciones en Luján no participó ni siquiera de un foro de ideas- y menos los nacionales. La presidenta de la Nación no sólo se negó a un debate con sus contrincantes, sino que transitó su campaña y transita su gestión sin realizar conferencias de prensa, una maña copiada de su esposo. El diálogo de las autoridades con los ciudadanos, a través de los medios, no existe. En todo caso, sólo excepciones muy bien orquestadas.
Por ello, para los argentinos, pensar en un debate franco entre candidatos a la presidencia es sólo una ilusión. Es algo que sólo podemos verlo por televisión, con protagonistas extranjeros.
El socialista Zapatero y el candidato del Partido Popular debatieron con vehemencia, con entusiasmo, con datos y gráficos especialmente preparados para la ocasión, con inteligencia y con apenas un par de interrupciones entre ellos. También respetaron, a rajatablas, el orden y el tiempo establecido para cada una de las exposiciones y los tres minutos finales destinados a hilvanar una conclusión dirigida a los potenciales votantes.
Sin interferencias ni ruidos en la comunicación, millones de españoles y espectadores fortuitos –como quien le da forma a estos párrafos- tuvieron la oportunidad de mirar a los candidatos y escuchar sus propuestas o posturas.
El minuto siguiente a la finalización del debate es harina de otro costal. Los medios de prensa de España y del mundo se abocaron a resumir lo que consideraron los pasajes más relevantes, buscaron el título más adecuado para la crónica y, de acuerdo al modo de entender y trasmitir su información, hablaron de una victoria de Zapatero o de Rajoy. Nada de ello perturbó la atención de millones de ciudadanos que deberán elegir a su presidente.
A los candidatos seguramente les interesará, pero a los fines democráticos poco importa saber quién ganó o perdió el cruce verbal. Lo importante, lo destacable, lo que es digno de copiar y genera sana envidia es el respeto por la herramienta del debate como una manera de transitar la campaña electoral; como un modo de manejarse en democracia.
En Argentina, los últimos candidatos a ocupar la Presidencia vienen negando esa posibilidad de modo sistemático. A lo más alto que se ha llegado a la hora de debatir públicamente ha sido a legislador nacional o jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Luján tuvo algún ejemplo destacable allá por 1999, cuando quienes se perfilaban como los candidatos más firmes para quedarse con la Intendencia, Miguel Prince y Juan Carlos Juárez, aceptaron debatir y responder preguntas ante alumnos de un colegio secundario.
Hoy no abundan los ejemplos locales –quien ganó las últimas elecciones en Luján no participó ni siquiera de un foro de ideas- y menos los nacionales. La presidenta de la Nación no sólo se negó a un debate con sus contrincantes, sino que transitó su campaña y transita su gestión sin realizar conferencias de prensa, una maña copiada de su esposo. El diálogo de las autoridades con los ciudadanos, a través de los medios, no existe. En todo caso, sólo excepciones muy bien orquestadas.
Por ello, para los argentinos, pensar en un debate franco entre candidatos a la presidencia es sólo una ilusión. Es algo que sólo podemos verlo por televisión, con protagonistas extranjeros.
El techo lo pone el bolsillo
“Un fraude”. Así calificó el abogado de la Central de Trabajadores del Estado (CTA), Horacio Meguira, al acuerdo logrado esta semana entre Camioneros y el gobierno nacional. Se trata, sin lugar a dudas, de un acuerdo orquestado con la clara intención de difuminar el pacto salarial de los camioneros con un ficticio techo de aumento de 19,5 por ciento.
Tanto la CTA, como empresas de logística que desde el miércoles calculan cómo aplicar el incremento, afirman que el aumento real para los representados por Hugo Moyano es del 24 por ciento (porque se obvió decir que al 19,5 hay que agregarle una serie de aportes que suman al sueldo). Y que ese porcentaje se adosa a todos los aumentos acordados para el mismo sector durante 2007, por un porcentaje total de entre 38 y 40 por ciento.
Pero Moyano, seguramente a cambio de favores que no aparecen en los medios (como, por ejemplo, asegurarse la continuidad al frente de la CGT), ayuda al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner a construir esta realidad paralela que se da de bruces con la realidad del bolsillo.
24 por ciento de aumento real para los camioneros. 24 por ciento podría ser la cifra final para arreglo que permita a los docentes iniciar el ciclo lectivo. Los trabajadores de edificios, en sus paritarias, no se bajarán del pedido de 27 por ciento de aumento. Los panaderos no se muestran dispuestos a aceptar menos del 30 por ciento. Los empleados de empresas viales y portuarias reclaman un 35 por ciento. Los gremios que representan a los mecánicos pelean por un incremento del 35 por ciento. Los gastronómicos, enfrentados con Moyano, todavía no revelaron qué cifra se sentarán a negociar, pero se sabe que estará por encima del oficialista 19,5 por ciento.
Lo cierto es que ninguno de los gremios -amigos o enemistados con el gobierno- se sienta a reclamar aumentos en sintonía con las cifras de inflación del INDEC. Nadie toma en cuenta los ridículos cálculos de ese organismo oficial, que seguramente tiene la orden de dibujar un número que no dispare la macroeconomía, pero que nada tiene que ver con la economía diaria, de bolsillo. Ocurre, en definitiva, que ni siquiera en el gobierno aceptan a esas cifras del INDEC como reales.
Hace meses que en algunos medios de prensa se informa acerca del verdadero costo de vida a través de la constatación de los aumentos de los productos de consumo o uso cotidiano. Los contestadores de las radios se atestan de denuncias que hablan de aumentos diarios en todos los productos, de los más variados rubros.
Al margen de los incrementos notables en la mercadería de temporada (canasta navideña para fin de año, alquileres y demás servicios relacionados con las vacaciones, canasta de útiles escolares o los inminentes aumentos en los productos típicos de semana santa, por citar algunos ejemplos), las cosas aumentan a un ritmo que marca la inflación real y el aumento del costo de vida. Es por ello que ni en chiste los gremios se sientan a hablar de aumentos atados a la inflación oficial. Todos, con mayores o menores pretensiones, pelean por porcentajes más acordes con la realidad.
Tanto la CTA, como empresas de logística que desde el miércoles calculan cómo aplicar el incremento, afirman que el aumento real para los representados por Hugo Moyano es del 24 por ciento (porque se obvió decir que al 19,5 hay que agregarle una serie de aportes que suman al sueldo). Y que ese porcentaje se adosa a todos los aumentos acordados para el mismo sector durante 2007, por un porcentaje total de entre 38 y 40 por ciento.
Pero Moyano, seguramente a cambio de favores que no aparecen en los medios (como, por ejemplo, asegurarse la continuidad al frente de la CGT), ayuda al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner a construir esta realidad paralela que se da de bruces con la realidad del bolsillo.
24 por ciento de aumento real para los camioneros. 24 por ciento podría ser la cifra final para arreglo que permita a los docentes iniciar el ciclo lectivo. Los trabajadores de edificios, en sus paritarias, no se bajarán del pedido de 27 por ciento de aumento. Los panaderos no se muestran dispuestos a aceptar menos del 30 por ciento. Los empleados de empresas viales y portuarias reclaman un 35 por ciento. Los gremios que representan a los mecánicos pelean por un incremento del 35 por ciento. Los gastronómicos, enfrentados con Moyano, todavía no revelaron qué cifra se sentarán a negociar, pero se sabe que estará por encima del oficialista 19,5 por ciento.
Lo cierto es que ninguno de los gremios -amigos o enemistados con el gobierno- se sienta a reclamar aumentos en sintonía con las cifras de inflación del INDEC. Nadie toma en cuenta los ridículos cálculos de ese organismo oficial, que seguramente tiene la orden de dibujar un número que no dispare la macroeconomía, pero que nada tiene que ver con la economía diaria, de bolsillo. Ocurre, en definitiva, que ni siquiera en el gobierno aceptan a esas cifras del INDEC como reales.
Hace meses que en algunos medios de prensa se informa acerca del verdadero costo de vida a través de la constatación de los aumentos de los productos de consumo o uso cotidiano. Los contestadores de las radios se atestan de denuncias que hablan de aumentos diarios en todos los productos, de los más variados rubros.
Al margen de los incrementos notables en la mercadería de temporada (canasta navideña para fin de año, alquileres y demás servicios relacionados con las vacaciones, canasta de útiles escolares o los inminentes aumentos en los productos típicos de semana santa, por citar algunos ejemplos), las cosas aumentan a un ritmo que marca la inflación real y el aumento del costo de vida. Es por ello que ni en chiste los gremios se sientan a hablar de aumentos atados a la inflación oficial. Todos, con mayores o menores pretensiones, pelean por porcentajes más acordes con la realidad.
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