miércoles, 12 de marzo de 2008

En sólo 3 minutos

En la madrugada del domingo, en Dolores, un tren embistió a un colectivo de larga distancia que, por razones que se intentarán determinar, no respetó las barreras bajas de un paso a nivel. 17 personas muertas, gran cantidad de heridos. Un saldo previsible para semejante imprudencia.
Después del choque, lo habitual: el análisis de lo que sucedió, la rápida búsqueda de culpables, las imágenes que, incansables, muestran los hierros retorcidos. Y, a la distancia, comienzan a aparecer los datos estadísticos, las cuestiones relacionadas con la seguridad al viajar. Ante ello, ¿qué se puede aportar como nuevo?
Entre diferentes análisis posibles de una catástrofe semejante, uno lo tenemos al alcance de la mano. El colectivo intentó cruzar con las barreras bajas y la maniobra le salió pésimo. Ante ello, es inconcebible horrorizarse.
Con la modesta idea de exponer que los argentinos, todos, tenemos incorporada a la imprudencia como la manera de manejarnos en la calle o en las rutas, mientras tomaba forma este editorial realizamos un pequeño ejercicio. Nos asomamos al balcón de la redacción y decidimos observar y registrar cuántas infracciones (leáse imprudencias) se pueden observar en una esquina cualquiera, en apenas 5 minutos.
Lo primero que debemos contar es que, para acotar las observaciones al espacio del que disponemos, los 5 minutos lo redujimos a 3.
En ese tiempo, un auto blanco, una traffic del mismo color, un Duna roja y otro gris esperaban en doble fila a los chicos que salían de un jardín de infantes. Un ciclista pasó con el semáforo en rojo. Dos chicos transitaban a la avenida Doctor Muñiz haciendo equilibrio sobre una bicicleta, mientras cargaban un par de muletas. Corta el semáforo para dar paso a los conductores que vienen por Alsina y 6 motociclistas, 2 de ellos con pasajeros detrás (es decir, ocho personas), viajaban en moto sin casco a la vista.
Mientras tanto –y seguimos dentro de los 3 minutos- al menos 6 madres esperaban la salida de sus chicos del colegio con la bicicleta estacionada en el medio de la cinta asfáltica. Ajena a esa situación, una señora cruza la mencionada avenida por el medio, sin reparar en la señalización para el cruce peatonal. El registro de las imprudencias se torna complejo; casi no hay tiempo para anotar todo. Las motos, en todas las direcciones, siguen transportando a conductores sin casco, muchos de ellos exponiendo lo que debe ser una moda: el niño en sándwich; un adulto maneja, el nene con su mochila en el medio, y detrás un mayor o un hermanito. Todos sin el caso, por supuesto.
El semáforo vuelve a modificar el paso y doblan seis rodados sin recordar que los vehículos traen algo que se llama luz de giro. Entre los olvidadizos, el conductor de una ambulancia. Apurada por responder al antojo del nene, una mamá recorre más de media cuadra en bicicleta y en contramano, con su hijo en el canasto. Todo por el afán de llegar rápido al kiosco.
Se cumplían los 3 minutos y nos aprestábamos a regresar a la redacción cuando aparece en escena un señor que merece su mención: vestido con jeans y camisa gris, el hombre circulaba con su moto y en la cabeza llevaba un casco. Casi una especie en extinción.
Cuando los accidentes ocurren, todavía solemos horrorizarnos.

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